Al ver el cuadro o pintura de un paisaje bello y hermoso, recuerdo los años de mi adolescencia, durante la época de mi adolescencia, me fui a Tenerife, a estudiar mi bachillerato. En una isla hermosa y llena de colorido étnico, cultura y natural, que siento ganas de llorar, recordando los hermosos momentos que pasé allí. Y cada vez que me encuentro con hermosos que tienen paisajes iguales o parecidos a los de esa hermosa tierra, mi mente hace que vuele rumbo a la isla.

Me llegan imágenes y sentimientos reales sobre la necesidad de poder volver a pisar esa tierra mágica de bellos jardines, flores, parques, playas entre múltiples paisajes que posee esa tierra muy especial para mí. No es que esté hablando mal de mi país, Venezuela, pero algunas veces los gobernantes se pierden en el camino hacia mejorar la apariencia y condiciones de un país, y lo que hacen es darle un retroceso a lo poco que se ha avanzado. Se equivocan tantas veces, en el sentido que se pierden los valores y se desvían hacia otro lado que no sea el verdadero camino hacia la felicidad.

La oportunidad de tener o mover en sus manos un país con tantas riquezas por concebir, hace que cualquiera caiga en la tentación y se convierta en seres corruptos, y como langostas que se comen todo y arrasan con lo que encuentren a su paso, acaban con las grandes posibilidades de brindar un espíritu libre, grande y soberano, infundiendo un odio de los unos con los otros.

Pero al ver los cuadros que transmiten paisajes, lugares y tierras soñadas donde no existen el odio ni la maldad. Tenerife es un jardín del Edén o una tierra prometida para cualquiera que desee viajar a esa hermosa isla. Fue maleado para la tranquilidad y el sosiego de nuestras almas cansadas y en pena por querer construir un mundo mejor, sin fronteras, sin guerras, sin hambre, sin pobreza y sin necesidades. Evocar esa imagen de belleza, me da paz y sosiego y la esperanza que algún día debo volver a pasear por sus calles y avenidas. Sentarme a tomar un café en el atardecer de una playa tranquila y oír el vaivén de las olas; eso me llena de ilusión y de una paz inmensa, que hace que desvíe la atención de lo que estoy haciendo para ponerme a soñar, pero que no me atrevo a decir o manifestar, porque creo que piensen que soy una ridícula o tonta por soñar con algo que a lo mejor no puedo alcanzar, pero como dice el dicho, la esperanza es lo último que se pierde y yo tengo esperanzas de volver a la madre tierra.

Y, tal vez, por qué no, quedarme a vivir allá. Ojalá con tan solo imaginar, todo se volviera realidad, eso hace que me sienta bien conmigo misma, con mi entorno y con los deseos de mi corazón. Ojalá algún día, todos estos sueños se hagan realidad.